Javier Tirapu, Psicólogo Clínico y Director Científico de Fundación Argibide, impartirá dos módulos durante este mes de abril en el participa en un artículo publicado en el suplemento «Buena Vida» de El País publicado recientemente.

Me agota hablar con la gente. Y no soy un bicho raro

La introversión es una predisposición genética. Quienes la presentan gozan de un sinfín de virtudes. Presuma de mundo interior

Los neurólogos lo confirman. Los introvertidos sufren un mayor cansancio neuronal a la hora de comunicarse. Para solucionarlo, es crucial aceptar nuestro patrón de personalidad y beneficiarnos de sus ventajas, además de conocer y poner en práctica las estrategias sociales que nos ayudarán a sentirnos más cómodos (y menos cansados) en nuestro día a día.

La vida está pensada para beneficiar a los extrovertidos

En 1921, se publica Tipos psicológicos, un ensayo en el que el psicólogo suizo Carl Gustav Jung divide por primera vez a los seres humanos en dos grandes bloques atendiendo a su patrón de personalidad: introvertidos y extrovertidos. Para Jung, las personas introvertidas pondrían el foco en los procesos subjetivos y psicológicos, y para ellos tendría más valor el sujeto que el objeto. Por el contrario, los extrovertidos situarían el objeto en su centro de interés y el sujeto se vería subordinado a este. O lo que es lo mismo, para los introvertidos lo importante sería el yo, mientras que para los extrovertidos lo que primaría sería el yo con respecto a los otros. No es inusual que estos sean sujetos con una gran energía, que centran su atención en el mundo exterior; a diferencia de sus contrarios, que disfrutan más del tiempo que pasan a solas. Normalmente, los psicólogos consideran que la principal diferencia entre ellos radica en la forma en la que «llenan su barra de energía»: mientras que los extrovertidos lo hacen mediante las interacciones sociales, los introvertidos necesitan situaciones que supongan un menor nivel de estímulo para sentirse más enérgicos.

Sin embargo, y aunque a lo largo del siglo pasado fueron muchos los psicólogos que intentaron calibrar de manera casi matemática los rasgos de nuestra personalidad —uno de los métodos más conocidos es el Test de Personalidad de Eysenck (EPQ), que llevó a cabo el alemán Hans Jürgen Eysenck—, en la actualidad, es recomendable no categorizar a los seres humanos en términos absolutos. Lo explica el psicólogo Alberto Soler Sarrió: «Al hablar de introversión o extroversión, no estamos hablando de dos categorías estancas sino de dos extremos de un continuo; cada persona se ubica en un lugar diferente de una gráfica que parte de una gran introversión hasta una gran extroversión. La mayoría de la gente se sitúa en puntos intermedios». Además, también debemos tener en cuenta el momento personal que estamos viviendo o las circunstancias vitales que nos acompañan.

Pero, si así nos lo propusiésemos, ¿podríamos ejercer algún tipo de control o modificación sobre nuestra tendencia personal? Cada vez más científicos parecen indicar lo contrario. Los ingleses Kathryn Asbury y Robert Plomin así lo mantienen en su libro Genética y aprendizaje (Paidós), en el que intentan demostrar, a partir de un seguimiento realizado a miles de niños gemelos y mellizos durante dos años, que los genes sí influyen en el aprendizaje. Sin ánimo de caer en el «reduccionismo genético», los neurólogos coinciden en que los procesos cerebrales de una persona introvertida y otra extrovertida son diferentes y que, por lo tanto, nuestra personalidad vendrá determinada por el predominio de la actividad que muestren unas regiones cerebrales sobre otras. «El ser humano es genética por aprendizaje. No puedes ser nada que no esté en tus genes ser, y estos genes no se activarán si no te sometes a las experiencias adecuadas para activarlos», explica Javier Tirapu Ustárroz, neuropsicólogo clínico y miembro del Grupo de Estudio de Neuropsicología de la Sociedad Española de Neurología (SEN).

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