Rubén Peinado. Psicólogo Clínico de Fundación Argibide

Ha pasado tiempo (¡11 meses!), pero di mi palabra en la anterior entrada de que habría segunda parte acerca del narcisismo, ¡y qué tipo de rasgo se haría predominante para el lector sobre mi persona si no cumpliera con ello! Si bien previamente he tratado de “diseccionar” los diferentes niveles de narcisismo por gravedad, paso ahora a mostrar las distintas formas en que se manifiesta la patología narcisista en el día a día clínico. Niveles de gravedad y presentaciones serían combinables, y no es raro tampoco ver matices de diferentes manifestaciones en un mismo caso.

Aclarar y recordar que, debajo de todo ello, hay sufrimiento, y mucho. No se quede quien se pase por aquí con la “caricatura” de la presentación. Llegar a la profundidad de un narcisista requiere trabajo por parte de ambas partes, pero es algo que puede lograrse.

También dejar claro que no es una clasificación “oficial” en ningún caso. No deja de ser un popurrí de experiencia clínica, y, sobre todo, de aportes de autores que saben infinitamente más que yo, destacando sobre todos ellos a Otto Kernberg (sí, soy fan suyo). Tampoco siguen un orden específico, únicamente voy desarrollando las diferentes ideas.

Manifestaciones de patología narcisista:

  • “El falso inseguro”: la presentación conlleva niveles notables o severos de timidez, ansiedad social e inhibición en el plano sexual… que en el fondo implican un temor desbordante a que cualquier acercamiento íntimo amenace la propia seguridad. Este tipo de narcisismo mostraría una tendencia a evitar de manera sistemática para no exponerse a que le puedan encontrar fallos con los que la imagen que mantienen pudiera quebrarse. La diferencia con la persona evitativa estribaría en que éste no afrontaría lo que tuviera delante por sentirse inferior, y con la persona esquizoide en que a ésta directamente le interesa poco lo que tuviera delante; el narcisista lo evita por no arriesgarse a romper su propia imagen engrandecida.
  • La presentación más frecuente, y probablemente la más leve y tratable junto a la anterior: marcada fachada de autoafirmación dominante centrada y plasmada en actos de promiscuidad sexual en los que destaca una profunda incapacidad para amar al otro con quien mantiene este tipo de relación, asociada a tender a desvalorizar de forma “envidiosa” a las parejas que uno/a va teniendo (“no es suficiente para mí”, cuando, en realidad, el temor es a no ser suficiente para él/ella). Se trata de una suerte de promiscuidad dolorosa, que lleva a la persona a envolverse una y otra vez en relaciones que le llevan al sufrimiento, aunque la forma aparente sea que ellos/as llevan el timón de dichas relaciones; en ocasiones aparecen en consulta buscando explicaciones acerca de por qué “no consiguen enganchar con nadie”, y dejan la terapia cuando van entendiendo los motivos, no vaya a ser que se vean demasiado por dentro.
  • Narcisistas de “piel delgada” y de “piel gruesa”:
    1. Con piel delgada se hace mención a aquellas personalidades narcisistas que funcionan en un nivel inferior a nivel de estructura caracterial (ver la entrada en la que toco este tema, con tablita incluida). Se confunden con personalidades límites (por aquello del potencial autodestructivo fundamentalmente), y por ello en muchas ocasiones es mal diagnosticado, mal tratado, y su evolución es tórpida. Su yo patológico grandioso no ha alcanzado a sustituir la ruptura entre idealizaciones y devaluaciones (defensas en escisión: bueno-malo, negro-blanco, el mundo vivido en polarizaciones). Este subgrupo sería el más severo, y de mayor riesgo. El suicidio es posible, y se da fundamentalmente por rabia hacia otros/as.
    2. Con piel gruesa se hace mención a individuos con una estructura muy firme, sin introspección emocional, que viven su vida consciente de manera instrumental, sin interés por lo psicológico ni por el autoconocimiento. Difíciles de alcanzar psicoterapéuticamente, en la medida en que se rechaza precisamente lo que implica ese tipo de espacio; en caso de verlos en consulta, las demandas suelen tener que ver con problemas de ansiedad o estrés, y la solicitud suele ser de “pautas para manejar el malestar”. El símil sería “pellizcar vidrio”, y las pautas están destinadas al fracaso, en tanto en cuanto sirven de arma arrojadiza con la que poder denostar y despreciar al terapeuta. No suele haber riesgo suicida como en el caso anterior.
  • Síndrome de arrogancia (Bion): llegamos a una parte difícil. Puede resultar complicado para el terapeuta poder controlar la reacción negativa que producen este tipo de pacientes, y es necesario monitorizarse durante la consulta. La actitud despreciativa hacia uno es constante, sea más activa o más pasivo-agresiva. La sensación que te intentan transmitir es, paradójicamente, la forma en que en lo más profundo de su ser ellos mismos sienten sobre sí mismos/as. Los casos más graves se manifiestan con ataques de rabia continuos en las sesiones, con faltas de entendimiento en la comunicación racional, malentendidos constantes interpretados de manera agresiva y pseudo-paranoide, y por mostrar curiosidad directa por aspectos de la vida del terapeuta (evitar hablar de la propia vida y centrarse en la del otro, como forma de controlar el espacio de terapia). No hay conciencia de su propia agresividad, y la mera señalización de ese aspecto ofende hasta el punto de poder cortarse en ese momento la terapia. Recomendable no dejar que se “hagan grandes”, y responder ni con miedo ni con rabia, sino como se respondería a cualquier otra persona en función del modelo que uno/a utilice.
  • Subtipo descrito por Cooper: estructuras narcisistas combinadas con estructuras masoquistas, siendo el mensaje resumen, a modo de grito: “YO SOY EL QUE MÁS SUFRE”. La grandiosidad construida en la tragedia. Se atacan a sí mismos/as, luego cambian el foco y la toman con el terapeuta: “que no me ayuda, sólo me ataca y me desprecia”. Uno puede llegar a sentirse mala persona al intentar ayudar a estos casos. Se aprecia una tendencia a la victimización, intentos inconscientes de provocar circunstancias de humillación y fracaso, una tendencia a dañar objetos importantes para uno/a mismo/a o a frustrar y socavar la ayuda potencial que pudieran recibir -bien del terapeuta, bien de la familia, bien de quien sea-, todo lo cual refleja la fantasía inconsciente del paciente de que él/ella es la mayor víctima, el/la que más sufre. Al mismo tiempo, presentan un comportamiento autodestructivo constante, mientras expresan su derecho a «ser especial» derivado del sentimiento de ser la mayor víctima de todas. En estos casos, bajo el trastorno de personalidad narcisista subyacen profundas dinámicas masoquistas que se pueden quedar al descubierto en el curso del tratamiento, revelando las relaciones internalizadas primitivas de objeto gravemente masoquistas.
  • Síndrome de “la madre muerta” (Green): trato de explicar el concepto, que sé que de primeras pueda rechinar un poco. Hablaríamos de casos en que no hay una figura materna (independientemente del género) presente emocionalmente desde la primera infancia, siendo habitual que esta figura materna esté atravesando una propia situación clínica grave que provoque este absentismo (el caso paradigmático, una depresión grave). El paciente narcisista de este tipo estaría inconscientemente identificado con esta figura materna, provocándoles ello la tendencia a retirarse de la significancia de las relaciones, así como un desmantelamiento del sí mismo. Sería como “quedarse unido a nivel emocional con esta madre muerta”. Muy difíciles de tratar, al ser personas “sin vida interior”. No se dan tendencias agresivas o antisociales, siendo la principal dificultad la muerte afectiva, a pesar de poder presentar un funcionamiento cognitivo normal.
  • Patología antisocial grave: este punto iría desde una personalidad narcisista con tendencias antisociales marcadas, pasando por el narcisismo maligno, y llegando a la personalidad antisocial propia con ausencia de culpa. Los últimos son directamente intratables, en el sentido de que no hay emoción con la que trabajar. Kernberg marca claramente la necesidad en la evaluación de detectar este tipo de rasgos antisociales, de cara a poder o no realizar un tratamiento psicoterapéutico con el paciente. No ofrece alternativas para el antisocial de pura cepa, y yo tampoco las conozco (al menos eficaces, siendo “eficaz” algo diferente a “voy a hacer como que te hago caso, mequetrefe, para conseguir lo que quiero y me dejes en paz”). También es verdad que a este tipo de “paciente” sólo lo he visto en mis años mozos de voluntario en la cárcel de Ciudad Real, y no fuera ni en el servicio público de salud ni en la práctica privada. Pero existir existen.

Y aquí me quedo de momento. Me quedarían las partes relacionadas con el tratamiento, y con la experiencia del terapeuta (aspecto que no tengo claro si escribiré, en la medida en que daría armas al “síndrome de arrogancia” para que no pudiéramos avanzar en terapia). Espero que el/la lector/a haya podido llevar lo mejor posible estos meses extraños, y que pueda afrontar los que nos vienen con entereza; doy mi palabra de que volveré sin tardar tanto tiempo como la última vez.